Hagamos un intento de acercarnos al drama cotidiano de los seres grises. Elijamos al azar a uno de ellos. Género: masculino, edad: 40 años, profesión: auditor, lugar de residencia: Barcelona, estado civil: soltero, orientación sexual: con un pie dentro del armario. Ingresos anuales: 26.000 €. Podría ser yo mismo. Podrías ser tú. Llamémosle H.
Un día de junio, menos de una semana después de su cuadragésimo aniversario, H se despierta al oír la alarma de su teléfono móvil. Son las 7:00 horas. Así empieza el día. Le esperan a H ocho horas de trabajo en una oficina pública. Para él, decir trabajo es decir encierro. Ocho horas de encierro, de 8:00 a 15:00. H se ha propuesto muchas veces tratar de dar comienzo a sus días con alguna ceremonia que les dé significado pero, hasta hoy, todos los intentos han fracasado. Le gustaría, tal vez, recitar un mantra, practicar algo de yoga, aprender un verso. Pero lo que suele suceder es que no consigue reunir fuerzas para incorporarse antes de las 7:20. Incorporarse, get up. Le cuesta tanto el get como el up.
Hoy luce el sol en Barcelona, incluso desde esta hora tan temprana. La temperatura todavía es agradable. H enciende la radio en el instante en que la voz de siempre informa del pronóstico del tiempo: calor. Sin prestar atención, H se pone las gafas y las cosas se vuelven algo más nítidas. Nuestro personaje es miope desde los 18 años. No se gusta con gafas, pero hasta ahora no se ha atrevido a operarse. Quizá ya no lo haga nunca. A pesar de todo, se dirige hacia el espejo.
H en el baño. Ahorremos a los lectores la descripción de todo lo que puedan llegar a imaginar por sí mismos: ahora ya está en la cocina, meado, duchado y afeitado. Allí, desayuna.