viernes, 17 de agosto de 2007

descanso

Después de comer, hago la siesta con mi macho. Me abrazo a él, le olfateo, noto en mi piel la caricia de su vello y me dejo arrullar por sus ronquidos, hasta que se me cierran los ojos y me quedo dormido confiando en que se despierte con ganas de follarme.

martes, 7 de agosto de 2007

nauseabundas

adj. f. pl. Que provocan náuseas.

1. La convocatoria, que hoy publica el DOGC, de subvenciones para la "millora i la renovació de les instal·lacions de producció de neu i dels sistemes de transport per cable de les estacions de muntanya", a las que se prevé destinar un total de 291.175.500 PTA (1.750.000 €). Visca, visca!. ¿Qué harías tu con todo ese dineral?.

2. La fotografía anual de la familia irreal en el palacio de Mar-i-vent, ya ven, que bien que nos lo pasamos, qué felices que semos, qué unidos permanecemos, un modelo para las familias de Ehpañia. ¡Pero qué digo?. ¿A quién representan? ¿Quién puede sostener en este país una familia tan numerosa sin renunciar al yate y las escalinatas?. El concepto clave es el de "escalinatas". Claro que se les quedan pequeños los palacios. Contad, contad: 2+3+3+8. Así se replica una estirpe, ocupando cada vez más espacio. De generación en degeneración. Dieciséis almas, 16. Y creciendo. Tal vez no haya sido tan inoportuno el Jueves.

¿Son altos funcionarios en vacaciones? Pero vacaciones de ... ¿qué?. Son una institución... hereditaria. ¡Señores!, repitan conmigo: HE-RE-DI-TA-RIA. ¿Es esto moderno?. Es así como nos representa esta institución: intentando hacer pasar como normalidad su estomagante felicidad familiar hereditaria. Porque el bienestar lo tienen asegurado, ellos sí, constitucionalmente. Dice un amigo que tal vez se habrían mostrado verdaderamente humanos y a la vez modernos si el heredero de la corona, junto con su plebeya consorte hubieran adoptado un herederito en Malawi, pongamos por caso, para que no nos de un empacho con tanta criaturita rubia.

lunes, 6 de agosto de 2007

waiting room

Para acceder a la sala de espera hay que pasar antes por el control que hay al principio del pasillo, atendido por un rubio medio guapo de aspecto tímido. Después de mostrarle mi tarjeta me dice "espera dentro y ya te llamarán". Dentro hay dos chicos. Digo "hola". Poco después, llega una chica y se sienta en el banco que queda a mi derecha. Al rato, irrumpe el doctor y hace pasar al chico de la camiseta blanca.

No se puede decir que los esfuerzos por hacer agradable la sala de espera no hayan dado resultado. La habitación, de forma cúbica prácticamente regular, está hacia la mitad del corto pasillo en torno al que se distribuyen las consultas médicas. No hay puerta. Sólo un biombo de enfermeria encantadoramente retro nos separa apenas del pasillo por donde van y vienen personal y pacientes. Dentro, las tres paredes restantes están pintadas de azul cielo y decoradas con láminas de Keith Haring enmarcadas en colores chillones -lila, rojo, naranja- En uno de los dibujos, el que hay frente a mí, un muñeco agarra con las dos manos un corazón y lo levanta como quien exhibe un trofeo. Colgado en esa misma pared, hay un expositor rebosante de folletos con consignas que invitan a mantenerse alerta para evitar contagios y con mensajes de tono optimista para aquellos que ya no estan a tiempo. Junto a la ventana, en la esquina más sombría de la sala, un potus (scindapsus aureus) de aspecto saludable alarga un tentáculo hacia el techo. Y por último, hay cuatro filas de bancos de plástico gris para cuatro culos cada uno, que recuerdan los de un vagón de metro.

Los que nos sentamos en esos asientos tenemos un aire entre preocupado y avergonzado. El chico de la camiseta rosa se sienta sin apoyar la espalda y mantiene cruzados los dedos de su mano derecha, en un gesto como el de esos amuletos de azabache que algunos llevan al cuello para librarse del mal de ojo. La muchacha lee, pero no consigo ver qué libro. Los tres nos miramos alternativamente sin que parezca que nos detenemos demasiado. Para olvidar mis propios temores, me entretengo en conjeturas sobre las razones de mis compañeros de espera para haber venido a esta consulta.

No tengo tiempo de muchas conjeturas, porque la puerta del fondo se abre y se escucha la voz del doctor dando las últimas instrucciones al muchacho de la camiseta blanca. Ahora es mi turno.