Cada vez que tengo una taza de té al lado, me pongo a pensar en la literatura. A estas alturas no tiene ya sentido preguntarme cómo ha llegado a influir en mi modo de ser, en mi forma de ver la vida, pero tal vez porque recientemente he leído (y no pude más que estar de acuerdo) una cáustica burla sobre aquellos en quienes a veces se nota la mala influencia de la (mala) literatura o tal vez porque en las cercanías de esta edad tan crítica empiezo a sospechar que podría ser cierto aquello de Ortega sobre el infantilismo de leer novelas pasados los cuarenta. El caso es que empieza a aburrirme un poco.Reconozco no haber leído tanto. Ha sido poco de todo, pero sobre todo mis lecturas escasean en ensayo. Basta con ver mi biblioteca, con sus dos sedes, la de los libros de allí y la de los de aquí. Allá, la literatura empezó siendo evasión. En el campo de la ficción he sido sobre todo un lector de primeras páginas, porque las frases iniciales de un relato siempre han sido decisivas a la hora de decidirme por un título u otro. Es una forma como otra cualquiera de discriminar. Ha habido autores a los que he rechazado porque no han sabido incitarme con sus entradas.
Pero desde que descubrí el placer de la lectura, siempre ha habido un impulso que me ha llevado a buscar historias. Me da pereza comenzar una historia.
¿Comienza a agotarse mi fantasía?



