Para acceder a la sala de espera hay que pasar antes por el control que hay al principio del pasillo, atendido por un rubio medio guapo de aspecto tímido. Después de mostrarle mi tarjeta me dice "espera dentro y ya te llamarán". Dentro hay dos chicos. Digo "hola". Poco después, llega una chica y se sienta en el banco que queda a mi derecha. Al rato, irrumpe el doctor y hace pasar al chico de la camiseta blanca.
No se puede decir que los esfuerzos por hacer agradable la sala de espera no hayan dado resultado. La habitación, de forma cúbica prácticamente regular, está hacia la mitad del corto pasillo en torno al que se distribuyen las consultas médicas. No hay puerta. Sólo un biombo de enfermeria encantadoramente retro nos separa apenas del pasillo por donde van y vienen personal y pacientes. Dentro, las tres paredes restantes están pintadas de azul cielo y decoradas con láminas de Keith Haring enmarcadas en colores chillones -lila, rojo, naranja- En uno de los dibujos, el que hay frente a mí, un muñeco agarra con las dos manos un corazón y lo levanta como quien exhibe un trofeo. Colgado en esa misma pared, hay un expositor rebosante de folletos con consignas que invitan a mantenerse alerta para evitar contagios y con mensajes de tono optimista para aquellos que ya no estan a tiempo. Junto a la ventana, en la esquina más sombría de la sala, un potus (scindapsus aureus) de aspecto saludable alarga un tentáculo hacia el techo. Y por último, hay cuatro filas de bancos de plástico gris para cuatro culos cada uno, que recuerdan los de un vagón de metro.
Los que nos sentamos en esos asientos tenemos un aire entre preocupado y avergonzado. El chico de la camiseta rosa se sienta sin apoyar la espalda y mantiene cruzados los dedos de su mano derecha, en un gesto como el de esos amuletos de azabache que algunos llevan al cuello para librarse del mal de ojo. La muchacha lee, pero no consigo ver qué libro. Los tres nos miramos alternativamente sin que parezca que nos detenemos demasiado. Para olvidar mis propios temores, me entretengo en conjeturas sobre las razones de mis compañeros de espera para haber venido a esta consulta.
No tengo tiempo de muchas conjeturas, porque la puerta del fondo se abre y se escucha la voz del doctor dando las últimas instrucciones al muchacho de la camiseta blanca. Ahora es mi turno.
lunes, 6 de agosto de 2007
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