Escribo esta entrada para tratar de vencer la angustia que amenaza con tomar el control de mi persona. Una angustia provocada por ese hábito nefasto, tan propio de mí, de anticipar el peor de los escenarios posibles ante cualquier situación de incertidumbre.
Hace pocos días tuve relaciones sexuales con un desconocido. No es un completo desconocido, pero en todo caso debo reconocer que es alguien sobre cuyo comportamiento sexual tengo una información muy escasa. Es cierto que todo fueron "prácticas de bajo riesgo" pero la angustia, por momentos, no sabe guardar la correcta proporción con el pequeño tamaño de esa probabilidad.
Por el momento, yo diría que ya tengo asegurada una sífilis, porque a los pocos días del encuentro comencé a notar un bultito en el escroto -un chancro, para usar el desagradable vocablo con que lo nombran los especialistas-y, justo cuando se cumplían diez días, me llevé un disgusto al percibir que los ganglios de la ingle derecha estaban inflamados. Debo aclarar que ya he pasado antes por esa experiencia: a finales de 2005 contraje la enfermedad al contagiarme de mi pareja de entonces. En aquel momento, el término me causó un gran impacto. Antes de escuchar las palabras tranquilizadoras de mi médico, no podía dejar de recordar los efectos de la enfermedad en algunos de mis ilustres precedesores. Schubert, por ejemplo, que falleció a la edad de 31 años, o Baudelaire, que no llegó a cumplir los 50. Sin embargo, el tratamiento hoy día es sencillo: una inyección de penicilina que, en mi caso, hubo que sustituir por píldoras a causa de mi alergia a esa substancia.
Ahora, con esa experiencia a mis espaldas, la perspectiva de la sífilis no me inquieta tanto y casi todo el espacio lo ocupa el miedo a contraer el sida. El miedo se agranda porque hay alguien más, alguien que podría acabar conviertiéndose en víctima inocente de mi imprudencia.
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