El amor no tuvo nada que ver, no hay por qué embellecer ahora las cosas. Se trataba sencillamente de un instinto.
Fue un instinto lo que condujo a la exploración del propio cuerpo en busca del placer. Un impulso inocente tal vez, pero cuando se produjo el descubrimiento, aquella clase de placer ya estaba manchada y no se la conocía por el nombre clínico que tuvo después -sexualidad- sino por uno mucho más inequívoco: cochinadas.
Pero no por eso, o tal vez precisamente por eso, dejó el goce de resultar interesante, casi perentorio.
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