martes, 8 de abril de 2008

Dacia

Un martes de abril, una jornada ventosa.

Comienza a alejarse el día y el ruido parece ir detrás. Los sonidos se tornan lejanos mientras la ciudad cambia de escena. Las muchachas regresan al barrio en vagones caldeados por docenas de sueños ya más que remendados, por las ilusiones que ascienden y se estrellan, por las nimias alegrías y los sinceros actos de fe de cada día. En uno de esos desplazamientos, durante una fracción del Tiempo, la vida del efebo de la vieja Dacia se entrecruza con la mía para que pueda contemplar sus ropajes polvorientos y su expresión insondable. Quien sabe por dónde vagarán sus pensamientos rubicundos y fornidos.

Observo, trato de desvelar el misterio de los rostros fatigados, las vidas ajenas. El albañil rumano, con movimientos felinos, desciende del vagón y se aleja por las veredas de Horta.

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