viernes, 16 de enero de 2009

twenty zero nine

Ya que tengo por delante un año nuevo casi entero, voy a tomarme un tiempo para observarlo con calma, acariciar un poco al animalito para familiarizarme con él. Olfatearle el culo, como hacen los perros.

El bombardeo sobre Gaza, la realidad económica (el desempleo), son cosas que me quitan las ganas. La toma de posesión de Obama, la continua observación en busca de señales que preceden a la revolución que debería estallar en este siglo XXI para no defraudar a la Historia (y creo que esta vez será una revolución desde arriba, promovida por aquellos que ocupan lugares de privilegio), son cosas que todavía me aportan un poco de esperanza.

En lo personal, muchos de los cambios están anunciados. Añadir uno más a la cuenta de los años no debería ser ya un motivo de sobresalto si aceptamos que envejecer es un proceso que avanza día a día, y no a saltos de calendario. En ciertas noches de insomnio, todavía me pregunto si realmente hay un lado positivo en ello pero, ya que la falta de sueño acelera aún más el envejecimiento —según aseguran los estudios científicos que hoy en día proliferan como el mosquito tigre— abrazo la creencia popular y me aferro también al consuelo de la experiencia. Pero la experiencia no es sólo una coraza contra la desilusión cuya frase comodín es la cínica “ya lo decía yo”, sino un insospechado y sabroso aderezo para paladear de otra forma la vida.

En cuanto a los propósitos para 2009… he preguntado a mi peluquero, David, por los suyos y me contesta que él, esta vez, ha decidido ser práctico porque, al final, todo se reduce a no cumplir nada de lo que nos habíamos propuesto; así que éste es precisamente su único propósito para el año.

Yo, que soy dado a hacerme nuevos propósitos cada día, debería aprender de esta actitud. Mi único propósito bien podría ser el de mirarme un poco menos el ombligo.

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