Eso me dijiste una tarde en la playa, al despedirnos. Aunque yo me resistía a reconocerlo, hacía ya tiempo que tu mirada me había revelado que mi libertad pasaba por atarme a ti. Pero aquella noche los dos regresamos a casa pedaleando en sentido contrario.
Aún vivo bajo aquel hechizo y hoy, en este aniversario, me emborracho con los recuerdos que empezaban a fraguarse entonces. Era y es una cuestión de artesanía, como quien toma un trozo de barro y empieza a modelarlo entre los dedos. Ahí está la materia. Tú me enseñas a apreciar los placeres sencillos que están tras la auténtica felicidad. Bajar en bicicleta por la Meridiana una mañana soleada, un bocadillo en la playa y algo dulce y pringoso de postre, como el melón, como esos besos que me recuerdan a un primer amor que hasta ahora nunca había tenido.
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